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y estamos tan cerca

kasi, chilean, 21: a jack of all trades with a degree on failure who enjoys to make herself cry and has a predictable passion for cats and sob stories.

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Dolores Reales | Latin Hetalia | Brasil/Argentina

Side!fic de La Muralla & El Trampolín. En dónde Luciano llega a vivir con Martín y ninguno se esperaba las dichas que acompañan la sana convivencia.

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Cuando Luciano entró a la facultad de Arquitectura, tenía más o menos hecha una idea de lo que debía esperarse. Sus hermanas ya le habían advertido el tipo de vida que podría llevar dentro de la universidad y en sus mentes, sólo cabían dos estados: hambriento y demente. No, Luciano aún no alcanzaba la demencia. Pero apenas con un pie en el edificio, estaba hambriento por las horas de viaje que tuvo que aguantar para llegar hasta allí.
 
Y para remate, no tenía dónde carajos pasar la noche.

Siendo el joven afortunado que es, el guardia de seguridad se apiadó de su alma y no lo correteó cuando Luciano decidió tender su saco de dormir afuera de la facultad de Arquitectura. Allí, tendido bajo el cielo estrellado, con los brazos cruzados bajo su cabeza, miró el cielo y se preguntó qué clase de grandes cosas sería capaz de lograr en ese lugar. Qué tipo de sueños sería capaz de realizar, cuántos figmentos de su imaginación podrían convertirse en realidad a largo plazo.

Luciano siempre había sido un soñador.

Pero, estando allí después de tanto esfuerzo, se sentía cada vez más cerca de la realidad que anhelaba. Y se aseguraría que nadie pudiese llamarlo incapaz de luchar por las cosas que quiere.

Apenas estaba comenzando.





—Entonces… —musitó Luciano, chasqueando su lengua mientras releía el aviso que cogió del mural en la cafetería central de la universidad—. ¿Estás buscando compañero de piso, verdad?

El chico frente a él entrelazó los dedos, alzando una ceja mientras componía una sonrisa torcida. Estaba bien vestido y parecía de todo menos hambriento y necesitado. Luciano asumió que no era uno de los del club de los muertos de hambre porque parecía bastante rellenito.

—Así es —contestó con aire triunfal—. A mi arrendataria le llegó la menopausia y me subió la renta hasta las nubes. No puedo pagar esa mierda solo.

—¿Algún tipo de condición? —preguntó Luciano, rascándose la cabeza. No podía creer lo fácil que estaba resultando eso.

—Llegá a la hora que se te de la regalada gana, pero siempre con tu copia de las llaves, porque yo no voy a levantarme a abrirte —bufó el chico—. Para el baño yo siempre tengo prioridad; cométe mi cereal y estás frito; nada de mascotas y por último, si ves una corbata colgada del mango de mi puerta es porque no existo para el resto del mundo. ¿Hecho?

—Hecho —Luciano sonrió de oreja a oreja, estirando la mano para estrechársela a su futuro compañero de piso—. Estoy seguro de que nos llevaremos bien… um, ¿tu nombre?

—Martín —el tipo esbozó una sonrisa digna de un comercial para pasta dental—. Martín Hernández.

—Muy bien, Martín Hernández —Luciano mantuvo la sonrisa en su lugar—. Estoy seguro de que nos llevaremos bastante bien.

Nunca en su vida se había equivocado tanto.

(Sin saberlo, Luciano había cerrado un trato con el demonio.)





Lleva un mes viviendo con Martín. Hoy es una de esas noches donde una corbata cuelga de la manija de su puerta. Son las cuatro de la madrugada y el ruido del catre de la cama azotando el muro tiene a Luciano despierto y sin poder dormir. Fastidiado, esconde la cabeza bajo la almohada y la presiona con fuerza contra sus oídos. Logra ahogar el ruido, pero las vibraciones del muro aún son perceptibles.

Pasarían horas antes de que pudiera volver a cerrar los ojos con tranquilidad. Y para entonces, el sol ya estaría brillando a través de su ventana, recordándole que tiene que levantarse temprano para la tremenda pereza que significa Historia de la Arquitectura.

Luciano gruñó, lanzando su osito de peluche al otro extremo de la habitación.

Le esperaba un día largo.




Luciano se pasea en calzoncillos por el departamento, porque hace calor y nunca ha considerado inapropiado andar en ropa interior dentro de su lugar de residencia, de todos modos. Es Domingo, milagrosamente no tiene kilómetros de tarea pendiente por realizar ni lugares a los que ir, ni maquetas que fabricar frenéticamente a última hora. Tiene todo el tiempo del mundo para estacionar su trasero en el sofá y comer brigadeiro de la olla con una cuchara de madera mientras ve una transmisión de un partido de fútbol vieja.

Ah, eso es vida.

(Durante un breve instante, tiene la profunda contemplación de cómo será comer helado de brigadeiro. Profundas dudas existenciales.)

Con los ojos fijos en la tv, Luciano no se da cuenta de en qué momento el otro extremo del sofá se hunde a su lado. Ni tampoco siente la mirada de lechuza de Martín fija en él, observándolo descaradamente.

—Hey —saluda Martín.

—Hmpfhm —responde Luciano con la boca llena.

—¿Tenés alguna cosa qué hacer hoy? —pregunta Martín, con aire de fingida indiferencia que a Luciano se le hace divertido. Alza una ceja en respuesta, lamiendo despacio para la cuchara para saborear su festín.

—¿Y si lo tengo?

—Muy gracioso, boludo —resopla Martín—. ¿Tenés algo qué hacer hoy sí o no?

—No, nada —sonríe Luciano, triunfante—. ¿Qué? ¿Vamos a algún lado?

—No —su cumpañero de piso suelta una carcajada ruidosa y exagerada, haciéndole zumbar los oídos por algunos segundos—. Vos, vas a lavar tu ropa.

Luciano parpadea confundido. Vale, ¿de dónde salió eso?

—¿Lavar mi ropa? —frunce el ceño, dejando de lado la olla por un momento—. ¿Por qué me estás mandando a lavar mi ropa?

—Porque tenés monopolizado el cuarto de lavado y yo quiero lavar lo mío pronto, gracias —bufa Martín, estirando una mano para alcanzarle una caja de detergente que Luciano no había notado—. Tomá, andá, lavá todos tus calcetines apestosos y luego me avisás para que yo pueda lavar lo mío en paz. Construiste el Aconcagua con ropa usada, che.

Luciano hace un mohín disgustado, mirando la caja de detergente con fastidio. No lavaba su ropa cuándo su padre lo enviaba a lavarla, ¿por qué habría de obedecerle a su compañero de piso? ¡El tipo jamás lava la loza!

Luego voy —responde finalmente, volviendo su atención a la pantalla del televisor y a seguir escarbando la olla. A su lado, Martín frunce los labios, con las mejillas ligeramente rojas.

No, no le hace gracia que lo hayan mandado a volar de manera tan sutil.

—Muy bien, Lulu —relajadamente, palmotea el muslo de Luciano con una mano y se levanta del sofá sin mirarlo—. Muy bien, vos lo pediste.



Es Lunes, tiene clases en veinte minutos, y Luciano no encuentra su ropa. Nada de ropa. Nada, ni siquiera pantalones.

La torre de ropa sucia que tenía en la lavandería ha desaparecido, también la ropa de los cajones de su armario. Desesperado, ha hurgado en cada rincón de la casa buscando al menos una miserable camisa. Usualmente no le importaría llegar un poquito tarde.

Pero llegar tarde a esta clase significa recibir una patada en el culo de parte del profesor y un boleto de vuelta a casa sin oportunidad de asomarse a la puerta del salón a escuchar siquiera.

Frustrado, se pasea como león por las habitaciones de la casa——

Hey. Hay una nota pegada a la cubierta de la lavadora.

“No lavaste tu ropa, así que te hice el favor de mandarla a lavar yo. Lo puse todo a tu cuenta, para que veas que generoso soy. Seguro la tenés lista para mañana.

—Martín ♥”

Luciano arruga el papel con furia y lo lanza al papelero, mordiéndose la lengua para no soltar toda clase de maldiciones. Dando zancadas, entra a la habitación de Martín y rebusca entre los cajones hasta encontrar ropa decente que le sirva.

Hoy jugará con algo de pintura en clases.

(Era oficial: le declararía la guerra.)